Pastelería Confitería Micheto

Desde 1770 endulzando paladares exigentes

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Calatayud, 2 de septiembre de 2007

 

El Casino Bilbilitano, en el Palacio de Warsage

Os ruego que me acompañéis a un viaje por el pasado y que, juntos, entremos en el túnel del tiempo.

Escucharéis cómo en tertulias y corrillos la gente no salía de su asombro. Desde luego que la obra era importante, pero las habladurías  aún la hacían mayor. Perdón por no haber situado la acción del relato. Para los bilbilitanos del siglo XVIII, acostumbrados a los palacios ocupados en la centuria anterior por las familias Sayas, Zapatas, Aniñones, Sessés o Pujadas, aquel obrón que se levantaba nada menos que en la Rúa, frente a San Pedro, no era fácil de asumir.

Y por si esto no fuera bastante trasgresión del patrón establecido, la puerta principal no sería en arco de medio punto logrado  base de ladrillos. La de ahora hace un saliente en la fachada, levantando dos columnas de piedra que sustentan un balcón de gruesas pilastras, calco de los monumentos de la lejana Italia. Era la moda de la Ilustración, también repetida en el palacio abacial del Monasterio de Piedra.

El terreno necesario lo había conseguido el dueño al demoler, entre otros edificios, el desalojado "hospital del clero", una más de las instituciones de este tipo con que contaba el Calatayud medieval y renacentista.

Tamaña ostentación la estaba realizando el teniente coronel de Guardias Walonas don Alonso Fernández de Soto de Heredia y Fernández de Moros, en quien convergieron dos familias de lo más lucido de Calatayud.

Es lógico que, para levantar semejante edificio, hacían falta cuantiosos caudales. Acaso la procedencia pueda justificarse con un papel, conservado por nuestro historiador don Vicente de la Fuente, y cuya fotocopia tuvieron la amabilidad de proporcionarme sus familiares. Allí se lee que don Alonso había sido presidente de la Real Audiencia de Guatemala, país desde el que en 1775 había enviado, valiéndose de unos determinados intermediarios, una fortuna de doscientos mil ducados para depositarlos en las arcas del bilbilitano Santo Sepulcro, sin que produjesen intereses.

Como hombre dedicado a la milicia, no tenía en esta casa su domicilio permanente. Casado con doña Ignacia Moreno Baquero, tuvo una familia que la tremenda mortalidad infantil de la época dejó reducida a una sola hija. Por lo que ella, Ana o Mariana, fue la heredera universal de todos los bienes.

Al permanecer don Alonso destinado en Barcelona, la niña conoce a un apuesto oficial del mismo cuerpo de Guardias Walonas en el que estaba integrado el progenitor de la damisela. Aquí aparece don Rolando José L'Hotellerie de Falois, adornado con el título familiar de Barón de Warsage. El flechazo acaba en matrimonio, y de éste procede la criatura nacida en Calatayud el 7 de junio de 1759, bautizada ese mismo día en la Colegiata de Santa María con el nombre de José o José María, y que será biografiado en este ciclo por don Agustín Caballero. De ahí que lo silenciemos en la narración. Si es digno resaltar que superó en diecinueve años a quien luego sería su más inmediato superior jerárquico en la guerra, don José de Rebolledo Palafox y Melzy.

Para ceñirnos al tema adjudicado, debemos pasar a 1.815. Los acontecimientos vividos España, y en buena medida protagonizados por los dos Josés de quienes acabamos de hablar, no han favorecido la decoración ni la situación económica de la propiedad del palacio de la Rúa, ahora ocupada por los hijos del barón y de Ana Fernández de Heredia.

Con objeto de extinguir los últimos residuos de la ocupación napoleónica, el alto mando militar decide crear una unidad llamada Ejército del Centro, que debe operar en un extenso territorio, situando su cabecera en Calatayud. Y nuestro Ayuntamiento, ante la necesidad de ofrecer una sede, no encuentra otra más idónea que la casa de la Rúa, si bien, para hacerla habitable, es precisa la intervención de carpinteros y vidrieros por cuenta de la municipalidad. Para ese mando se designó al general don José de Palafox, quien, superados los momentos críticos por los que pasó la Patria, decide abandonar la soltería, conforme narra en su autobiografía, un fragmento de la cual hemos leído en el tomo V de la revista Zaragoza (1957), divulgado merced al trabajo de don Antonio Serrano Montalvo y que dice literalmente "Entretanto, yo solicitaba la licencia de S.M., que llegó cuando estaba con el mando del Ejército del Centro, en el Cuartel General de Calatayud y al momento, se verificó nuestro enlace en el oratorio de mi casa. Publicado este, di una comida, a la que asistieron todos los generales y cuñada y las autoridades, y al baile grande que di, asistieron mis parientes y más gentes que vinieron de Zaragoza".

A la afortunada nos la ha descrito en párrafos anteriores como viuda, rica y sin hijos. Su nombre, que no cita, es Francisca o Manuela Soler Durán (ambos nombres los he visto en documentos).

En las actas de nuestro Ayuntamiento puede leerse que para cumplimentar a la Señora acuden a su residencia, en nombre de la ciudad, los señores Beaumont y Llanas.

El esposo quiere que la estancia resulte grata a su media naranja y solicita del municipio que se vuelvan a dar funciones de teatro en el espacio a ello destinado en los bajos de la Casa Consistorial, cerrados desde 1807 atendiendo a una orden dictada para prevenir incendios devastadores de los archivos; orden cursada en 1778 pero desoída durante más de veinte años. Opino que hubiera seguido sin cumplirse de no haber mediado l situación bélica, poco propicia para comedias. La generala consiguió que los bilbilitanos volvieran  entretenerse con el arte de Talía, si bien, a aquel salón le quedaron cortos años de vida. Más tiempo vinieron a durar los bailes de sociedad en el palacio de los Soto Fernández de Heredia, todavía hoy anunciados en las fechas señaladas.

Respecto a la titularidad registral del inmueble, tenemos noticia de que ese año 1817 se grava con una hipoteca a favor del acaudalado de origen francófono don Manuel Guilleman, hijo de Pilar L´Hotellerie, hermana del buen general. Sus descendientes españolizaron su apellido dejándolo en Gilman, como todavía llevan bilbilitanos actuales.

El primogénito del héroe de los Sitios, Bernardo, continúa afecto al ideario liberal-constitucionalista de sus mayores, dentro del servicio a las armas. Por ello hay constancias en el archivo local de que en 1820 se incorpora al pronunciamiento del general Ballesteros que termina tres años más tarde en Cartagena.

En 1828 se anuncia la posibilidad de paso por la ciudad del rey Fernando VII y, como es natural, se prepara para su residencia el palacio de Warsage, aunque un cambio en los planes de viaje hace que tome otros caminos para llegar a Zaragoza.

En los momentos finales de la lucha contra la francesada, llega a Calatayud el sargento José Mata, a quien los superiores le permiten hacer de cantinero. Al licenciarse, abre un café en un piso de la plaza del Mercado. Tras diez o doce años de ejercer allí esta actividad, en 1829 consigue que don Bernardo le alquile una parte del piso principal de su casa para continuar el negocio abierto al público, así como alguna estancia para domicilio familiar. En fotos antiguas del edificio había un entresuelo. Los munícipes, por motivos que luego se dirán, certifican "que era uno de los establecimientos más concurridos por lo mejor de la población", celebrándose festines, bailes y banquetes en cuantos faustos acontecimientos tuvieran lugar.

La continuidad dinástica, que preocupa a Fernando VII, casado cuatro veces y sin descendencia, se resuelve en 1830 con el nacimiento de la niña Isabel, producto del matrimonio del Rey con su sobrina la napolitana Doña Cristina de Borbón, y dos años más tarde, con el alumbramiento de la hermanita, María Luisa. Ante la falta de varón, se anula la ley sálica.

El nacimiento de la heredera al trono da lugar a múltiples manifestaciones de regocijo; entre ellas, aparte de las felicitaciones oficiales, se organiza un baile de etiqueta por el Gabinete de Recreo, asociación que promueve funciones teatrales de aficionados, bailes, tertulias y otros entretenimientos. Por datos indirectos, suponemos que tiene su sede en los salones de la casa del barón.

Pero a la par de estas manifestaciones gozosas, surgen las protestas de quienes se muestran contrarios a la abolición de la ley que impone la herencia de la Corona por la línea de varón. Ante el nuevo embarazo de la Reina, del que hemos hablado, junto con el deterioro físico del Monarca, arrecian las voces de disconformidad. Se acerca el final de la existencia de Don Fernando, quien dispone la gobernación del reino por la madre de las criaturas. Doña Cristina tiene una viudez corta, pues a los tres meses contrae nuevo matrimonio, si bien secreto y morganático,  con el guardia de corps Agustín-Fernando Muñoz.

La hostilidad a la solución dinástica ha dado pie a la primera guerra carlista. Los gobiernos se suceden con rapidez y también las consiguientes repercusiones políticas (ley desamortizada de Mendizábal, levantamiento de los sargentos de la Granja, etc.).

Para el mantenimiento del orden y la defensa de las localidades exentas de guarnición regular se crea la Milicia Nacional, formada por civiles adictos al gobierno, armados, con estructura militar, a las órdenes inmediatas del poder municipal e inspección del Ejército. Nuestra ciudad no es ajena a tal sistema, formando tres compañías de infantería y una unidad de caballería, en la que cada individuo aporta su cabalgadura (sólo el corneta monta caballo pagado por el Ayuntamiento). Al mando de este grupo se nombra a Don Bernardo L'Hotellerie, hijo mayor del héroe. Pero, en 1837, considera que la disciplina es muy difícil de entender por aquellos a sus órdenes y dimite, reintegrándose a su retiro hogareño, compartido entre Calatayud y la magnífica torre que posee a orillas del Jiloca, en el término municipal de Paracuellos, lindando con Maluenda.

Sigue la contienda en la modalidad de guerrillas móviles, causando sobresaltos, daños personales y dificultades para el comercio. Pero hay quienes no temen el riesgo y saben sacar provecho de las circunstancias difíciles. Por aquí aparece un comerciante natural de Ciria, que trae las mercancías en carros, los sitúa en la Posada del Sol (calle de las Trancas, esquina a plaza de los Mesones) y directamente vende los productos al por mayor y al detall. También actúa de prestamista y cambista. Como no tiene tienda abierta, elude los tributos que debe recaudar el Ayuntamiento, causa por la cual se establecen los procedimientos judiciales correspondientes, llegando hasta las más altas instancias, que al fin darán la razón a nuestros ediles. El personaje se llama Gregorio Yagüe y dice estar asociado con su cuñado, de apellido Muñoz. Ambos, con el tiempo, alcanzaron poder político en Ciria y Soria.

He traído a su conocimiento tales figuras porque don Gregorio, al menos desde 1859, tiene una hipoteca sobre el inmueble de la Rúa, que con posterioridad documenta haber transmitido a su hijo Francisco, residente en Londres y casado con una señora inglesa. Pero, cuando en 1850 el barón decide fijar su residencia en Madrid, ya es dueño absoluto del inmueble el hijo del comerciante, en esa fecha domiciliado en Ciria.

Debemos reconocer en el tiempo para situarnos en 1839, momento en que se da por concluida la primera guerra carlista tras el "abrazo de Vergara".

Pacificada la nación, S.S.M.M. deciden que en el verano de 1840 deben trasladarse a la costa catalana para tomar baños en la localidad de Caldas, pretextando fines terapéuticos para la pequeña Reina, sin que puedan eludirse motivos políticos o familiares del otro matrimonio de la Gobernadora. En aquellos momentos todo era posible. Lo que sí debemos reconocer es que el desplazamiento de la Corte se preparó con la necesaria antelación. El movimiento de personas y tiempo de viaje no permitían improvisaciones. Por ello, a mitad de junio, envían a nuestro Ayuntamiento la relación de etapas necesarias para cubrir el recorrido y poder ir preparando alojamientos. Para que puedan comparar con los momentos actuales, la transcribo a continuación: 1ª jornada: a comer y dormir en Alcalá de Henares; 2ª jornada: comida en Guadalajara y dormir en Torija; 3er. día: tanto el almuerzo como la noche en Algora; 4 etapa: reponer fuerzas a mediodía en Esteras y noche en Medinaceli; 5º tramo: comer en el parador monástico de Santa María de Huerta y dormir en Ariza; 6ª jornada: mediodía en Ateca y dormir en Calatayud; 7ª etapa: comida en El Frasno y dormir en la Almunia; 8º día; almuerzo en La Muela y descanso en Zaragoza. Pienso que bien merecido tenían el desentumecer sus cuerpos, tras una semana de agitarse por los caminos de la nación montados en unos carruajes que hoy no aceptaríamos ni para que nos llevasen a la estación.

El acompañamiento de las reales personas también es digno de comentario. Los servicios de aposentamiento enviaron el listado con objeto de acomodar en los domicilios particulares de la ciudad a tres señores ministros: los titulares de Estado, don Evaristo Pérez de Castro; Guerra, Don Fernando de Norzagaray, y Marina, don Juan de Dios Sotelo; secundados por un total de veintisiete personas, entre ayudantes, secretarios y ordenanzas. Al conocer estas cifras, no les sorprenderá que el servicio de las Reinas e Infanta subiese a 99 personas, encabezadas por el mayordomo mayor, conde de Santa Coloma, y concluyese con los dos encargados de reparar las galeras y carros de la comitiva, pasando por damas, azafata, camaristas, maestra de labores, lavandera de la ropa de las reales personas. Y entre el elemento masculino: capitán de la Guardia de la Real persona, capellán de honor, tres médicos, dos maestros de S.M., aposentador, peluquero, encargado de cocina, palafrenero y un largo etc. Todos ellos con su nombre propio, precedido del cargo desempeñado. Me llamó la atención que el primer médico era Don Pedro Castelló Ginestá, catedrático de la facultad de Medicina de San Carlos, que dio nombre, y todavía lo ostenta, a una de las calles del madrileño barrio de Salamanca. Era el doctor de muy marcada tendencia liberal y accedió a la Real casa por haber atendido, con gran acierto, a Don Fernando en su penúltima enfermedad. La curiosidad me llevó a mirar si figuraba don Agustín Fernando Muñoz, pero con ese apellido sólo aparecía el intendente habilitado (inserto en la lista general en cuarto lugar), de nombre José Antonio, y sin que figurasen más datos.

No hay constancia del contingente militar para la escolta, que no sería pequeño dada la coyuntura del momento.

Como es natural, ante el anuncio de la visita, el Jefe Político (gobernador civil) de Zaragoza, se desplazó para inspeccionar los preparativos y ordenar la reparación de la carretera. Y los munícipes, presididos por don Andrés Garcés de Marcilla, consideran que la inclinación de la torre de San Pedro puede suponer un riesgo, o al menos causar alarma, a los ilustres huéspedes que se alojarían en el palacio de Warsage. Para evitar problemas, deciden la demolición del cuerpo superior del campanil, tarea que se ejecuta en 48 horas, causando un deterioro en el tejado del templo, reparado bastantes años más tarde, cosa que contrasta con la rapidez del derribo.

Toda la ciudad y comarca se movilizan. Unos se encargan de aportar mobiliario, ajuar y ropas "del mejor gusto"; otros, de conseguir los mejores manjares; habrá emisarios a los pueblos en busca de delicadas piezas de caza y pesca. Los dormitorios, una vez blanqueados, se cubrirán con muselina. Para conseguir el lujo en tocadores y vajillas salen personas de lo más principal a Zaragoza y Tudela. Durante todo el tiempo de la estancia, una comisión restringida permanecerá vigilante en la casa para resolver todas las contingencias con la mayor presteza.

En la calle: iluminaciones, colgaduras, músicas y versos alusivos, adosados a los edificios notables. La tardenoche del 16 de junio, preparada con tanto esmero, pasa rápida. Semejante a la película "Bienvenido Mr. Marsall".

El inspector de boca de S.M. (algo así como despensero) hace entrega de 264 reales como importe de los víveres facilitados. El 20 de junio, el Ayuntamiento vende en pública subasta los objetos adquiridos en Zaragoza y Tudela. A la viuda de José Mata, que ahora regenta el café instalado en los otros salones del edificio, hay que abonarle 1.550 reales por los servicios prestados.

A los pocos días de abandonar la ciudad la regia comitiva, le llega al Jefe Político la denuncia de que el alojamiento se había realizado en un lugar peligroso. No por la torre. Mucho peor. En aquella casa había fallecido dos enfermos tuberculosos y seguían habitando dos pacientes del mismo mal. Los alegato contrarios, incluidos certificados médicos, ponen en claro la realidad y alivian las preocupaciones de los munícipes, que lo pasan mal mientras se aclara el asunto.

La línea política seguida por los gobiernos de Doña Maria Cristina y su misa situación familiar hacen que al año siguiente deba dejar la regencia en manos del general Espartero y que, al cumplir los trece años, se declare mayor de edad a la reina Isabel, concertando su desafortunado matrimonio, con su primo Don Francisco de Asís, duque de Cádiz.

Como ya dijimos, en 1850, el barón de Warsage es vecino de Madrid y se desliga de las obligaciones tributarias que tiene como propietario de fincas urbanas en Calatayud.

Por aquellos años inicia sus actividades en el ámbito local de una asociación, de la que ya hablamos, con el nombre de "Gabinete de Recreo"; tiene entre sus fines llenar el ocio de la buena sociedad. Por eso, en diciembre de 1852, con motivo del nacimiento de la Princesa de Asturias, tiene lugar un baile de etiqueta, presumiblemente en los salones del palacio de la Rúa.

El recrudecimiento del problema dinástico hace que en 1855 sea necesaria una nueva movilización de efectivos bélicos, si bien. por estas latitudes, la cuestión no tiene mayor gravedad. Bastará el detalle de que, para obsequiar a los oficiales de la columna de operaciones, el Ayuntamiento organizase otro baile en los salones del Casino. Primera referencia a la Sociedad que aparece en los libros de actas municipales.

Al final del verano de 1857 repite esta casa la función de alojar a las personas de la Familia Real. De nuevo viene la infanta Doña María Luisa, ya casada con el duque de Montpensier. Para atenderlos conforme a su rango, el Ayuntamiento adquiere una serie de objetos suntuarios. Una vez cumplida su misión, son subastados por la Comisión de Festejos.

La propiedad del inmueble está en manos de la familia Yagüe Muñoz, antigua conocida nuestra, si bien comercian con este edificio. Tan pronto lo tiene hipotecado el señor Abárzuza, vecino de Cádiz, como, ya dueño, lo vende por 25.000 ptas. a don José Sanz y garcía, quien fallece en plena epidemia colérica de 1855, heredándolo sus tres hijos.

Mientras tanto, el 30 de octubre de 1860 vienen de nuevo S.S.M.M. para alojarse en el sitio habitual. Esta vez proceden de Zaragoza, por lo que la comisión municipal, presidida por el señor Alcalde, a la sazón don Mariano Franco, sale a darles la bienvenida a la Venta de Cavero. La corporación, con sentido práctico, decide adquirir los objetos adecuados para la estancia, dejándolos inventariados y bajo llave, para que puedan servir en futuras ocasiones. A los regios visitantes ha precedido el Presidente del Gobierno, don Leopoldo O'Donell. La comitiva visita la iglesia de Santa María y pasa bajo un arco triunfal. El pan de la comida lo sirvió don Esteban Robles y costó 16 reales.

En la planta baja del edificio donde descansaron existía un café regentado por Teodora Sánchez, a quien se prohibió tener abierta su industria durante un día y una noche. Por ese lucro cesante pide 640 reales, mientras que el Ayuntamiento le ofrece doce onzas. Se trata del local ahora ocupado por una tienda de muebles. Debía de ser un establecimiento muy concurrido, en el que se jugaba a la prohibida banca. Entretenidos en ello encontró un alcalde a funcionarios municipales, que por eso fueron sometidos a expediente. El que tenía cargo más cualificado pasó a servicios de menor rango.

La llegada regular de trenes a la estación de Calatayud, cosa que sucede en 1863, supone que el palacio deje de ser residencia de las Reales Personas. A partir de este momento, tan altas representaciones reciben los cumplimientos junto a la vía férrea. Tal sucede con el efímero monarca Don Amadeo de Saboya en 1871.

Durante el breve tiempo que duró la Primera República, las noches que los voluntarios armados debían permanecer alerta lo hacían concentrados en los salones del Casino.

Atentos a cuantas mejoras puedan llegar a Calatayud, en 1882, al tener noticia de las dificultades que encuentra el Ayuntamiento para ubicar la recién creada Audiencia, los socios acuerdan a junta general ofrecer la cesión de la sede social, limitando el tiempo de permanencia a un año. Se encuentran otras soluciones, que no ponen fecha a la presencia del tribunal.

En los últimos decenios del siglo XIX y los primeros del XX, el juego de azar se ha extendido por la ciudad, proliferando por casinos -pudo haber siete simultáneos- y cafés. De ese momento data alguna ampliación de instalaciones, como la sala que ahora cobija el bar. La clientela y el consumo que se hacía en estos centros eran notables. De ello dio fe el señor López Landa en la charla dada en el salón rojo, cuando se celebraba el centenario del casino. Por cierto que fue la última actuación pública del querido erudito bilbilitano.

Cuando, el 22 de agosto de 1900, el Ayuntamiento decide construir dos puentes rodantes para poder cruzar la Rúa en días de avenida, fijan en el patio del casino un lugar donde depositarlo con carácter permanente; otro, al final de la calle "Sucia", en desembocadura a la plaza del Mercado.

En el café de la planta baja había actuaciones en las que se alternaban malabaristas, caricatos, ventrílocuos y cupletistas más o menos folklóricas. Pude saber que los socios del casino tenían un palco, con acceso directo desde la entidad, para presenciar las actuaciones. Estamos en el que ha venido a llamarse "divertido siglo".

el 20 de febrero de 1910, la asamblea de socios, presidida por don Alberto Marín Costea, decide la adquisición del inmueble a la familia Sanz por 60.000 pesetas. La escritura se firma el 21 de enero de 1911. La sensación de propiedad, junto con un momento de bonanza económica, animan a otras adquisiciones, en las que domina la calidad, como fueron el piano Pleyel, mejorar el mobiliario, el famoso barómetro, tan consultado como cariñosamente golpeado para mover la aguja, las tres salas de baños, la biblioteca, hasta los juegos de Mayong con excelente calidad de sus fichas.

En los acontecimientos bélicos de 1936, en los primeros momentos, el casino acogió el cuartel general de mando en los frentes de Teruel, Molina y Sigüenza. Más tarde lo ocupó el cuerpo de Ejército de Castilla, con su jefe el general don José Enrique Varela. Luego el cuerpo de ejército marroquí, bajo las órdenes de Don Juan Yagüe Blanco. Al darse una nueva organización a las tropas, tuvo su puesto de mando el general don Andrés Saliquet como cabeza del Ejército del Centro (denominación coincidente con las de la Guerra de la Independencia y la primera Carlista). Conseguida la paz, tarda algo en volver al dominio de sus propietarios.

El tiempo transcurrido desde las últimas reformas y los diferentes usos que ha tenido hacen necesario una renovación, que será afrontada por una junta que, elegida ya por los socios y presidida por don Carmelo López Guajardo, acomete la tarea en los primeros años de 1950. El proyecto decorativo lleva la firma de don José María Aznar Lacarte y Amancio Hercilla. Se dio nueva configuración al vestíbulo, se abrió de nuevo el salón de la derecha del pasillo para convertirlo en bar, renovación del sistema de calefacción, etc.

Esto coincidió con los primeros pasos del Centro de Estudios Bilbilitanos; en esos salones pudieron darse conferencias, conciertos y realizarse exposiciones, a la par que se devolvía una intensa vida social a la Casa.

Juntas directivas presididas por don Andrés Giménez, don Luís Callejero y don Ángel Trigo han hecho todo lo posible por sostener la dignidad y estabilidad del edificio, acometiendo revoco de la fachada, consolidación, pavimento de la escalera y patio, vidriera artística, etc.

Una casa que se usa a diario precisa atención constante. En esta tarea se encuentra la actual Directiva del casino, movida por la energía de su juventud.

Durante unos minutos me he permitido relatar a ustedes una vida de siglo y medio. Y digo vida, sabiendo que un edificio es algo en sí inanimado pero utilizado por el hombre para llevar a cabo una actividad. Y esas cuatro paredes de enfrente empezaron siendo un hogar familiar distinguido; han sido lugar de encuentro y de diversión colectivas, puesto de mando en las guerras y suntuoso alojamiento de personas reales. ¿Cabe más diversidad?

Gracias por vuestra paciencia al escucharme.

 

José Galindo Antón

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