Pastelería Confitería Micheto

Desde 1770 endulzando paladares exigentes

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Publicado en el Heraldo de Aragón, 4 de junio de 1993 (posteriormente ampliado).

 

La Plaza del Mercado

Días pasados, concretamente el Viernes Santo, en uno de estos recorridos que suelo hacer cuando estoy en Calatayud, llegué hasta la plaza del Mercado y apoyado en el porche que hay enfrente a la antigua Casa Medarde, veía llegar a la Angélica con su enorme bolso y sus zapatos de altos tacones torcidos, reivindicando sus "bastones de mando" (como ella llamaba a la columna doble de piedra que aún existe) y me echaba airadamente.

¿Quién era la Angélica? Era una señora nacida en Torralba de Ribota que vivía en una casa del Rincón de la Nevería, junto a casa de la "Cacusa", la mondonguera, y el horno antiguo de Baigorri. Había perdido la cabeza y su única obsesión era estar emparentada con el gobernante de turno de la Nación. No cambiaba la chaqueta, como hacen ahora, pero sí el parentesco. Solía llegar a esta columna, mirar la hora del reloj del Ayuntamiento y seguir deambulando por el pueblo, pues era muy querida de las gentes. Era una buena guitarrista y yo la había visto acompañar las canciones que se cantaban en la Venta de Ribota cuyo ventero Pascual era pariente suyo.

Como en una película de reportajes, comenzaron a pasar delante de mi una serie de hechos y personas que si tenéis paciencia y aguante os describiré con mi mejor recuerdo.

¡Que bonita ha quedado la plaza sin aquel mamotreto de mercado!

Desde aquellos porches, recostado en uno de ellos vi pasar mi infancia y parte de mi juventud. Recordaba a Ramón Lacambra con sus sacos de legumbres a la entrada de la tienda y en su interior, toda la parte posterior del mostrador rodeada de cajones de madera y, atendiendo al público, Jacinto Luis.

Haciendo esquina con la calle Vicente de la Fuente y la plaza del Mercado existía el comercio de tejidos Ubiergo y Lacambra y en la otra esquina, casa de D. Carlos, de artículos de mercería y donde también vendían gafas graduadas para presbicia (vista cansada) que el propio cliente se graduaba probándose las que había en el montón. Se cuenta que un personaje entró a comprarse unas gafas "para leer" y al cabo de muchas pruebas, y no encontrando las que le iban bien, descubrieron que era analfabeto.

Si la clientela de Medarde necesitaba algún utensilio para guisar, puerta con puerta estaba Julio Yagüe con su establecimiento de loza. Junto a Yagüe, la POSADA DE LOS HUEVOS, regentada por el señor Cuenca. En su balcón, cada seis de enero, se sorteaba a las tres de la tarde, el cerdo (con perdón) de la Hermandad de las Almas. Una papeleta con la palabra del animal, posterior al último número extraído era el premio, que previo toque de trompeta, cantaba el pregonero.

Ahora, cuando todo viene congelado, liofilizado, pasteurizado o cosa semejante, recuerdo las dos pescaderías que en aquellos tiempos proporcionaba pescado fresco y bueno. Una la de Ciria (antes Saldaña) y otra la de Bendicho ambas separadas por el negocio de guarnicionería de Juan Arteaga. Como si fuera hecho a propósito, junto a las pescaderías, un afilador, como no, gallego de origen. Se apellidaba Rodríguez. Dejaba los cuchillos como nuevos.

Esquina con la calle de Gotor tenía su barbería Pascual Luis, practicante o A.T.S. como dicen ahora. Pascual merece un recuerdo por ser uno de los personajes más conocidos y queridos del pueblo. Gran aficionado a los toros. Mientras se esterilizaba la jeringuilla a ebullición, en aquel pequeño recipiente - estuche metálico, y antes de clavarte "la banderilla", te obsequiaba con unos pases dados con la toalla o cualquier trapo que tuviese a mano. Siempre elegantemente vestido, llevaba una sortija con una piedra negra y era de los pocos que fumaban tabaco rubio. Como profesional era único, fuera la hora que fuera estaba siempre a punto, bien en el Hospital, en su casa o en el domicilio donde eran requeridos sus servicios. Fue un gran experto en su profesión y como persona, un hombre de bien. Quisiera rendir un pequeño recuerdo a su hijo Emilio, gran amigo mío y que un proceso neurológico que lo dejó paralítico acabó con su vida.

Casi a la entrada de la susodicha calle de Gotor estaba el negocio de aceite y fabricación de jabón de Malaquías Marco, y un poco más abajo, y no sé si haciendo honor a su vecino, la POSADA DEL ACEITE.

Continuando hacia la Bodeguilla, quiero recordar una tintorería y un almacén de frutas, y casi al lado, la carnecería de la Florida, y pegada a esta última, la sombrerería de Alejandro Lafuente, más conocido por el "Gorrero", no porque fuese un gorrón sino porque lo que fabricaba y vendía. Se contaba de él (no se si es cierto) que en la época de las setas, el Gorrero, se acercaba a un descargador del mercado y le decía: cené anoche unas setas más ricas. No sé si quedó un platico, pregúntale a la Juanita (era la gorrera hija) y si quieres almorzar que te lo caliente y te las comes. Al día siguiente preguntaba al mozo: ¿Qué tal te sentaron las setas? Muy bien D. Alejandro, respondía el otro. Y al comprobar que no había peligro de intoxicación, la Juanita las servía a la hora de comer. Era también el encargado de la venta de las entradas de la plaza de toros. Junto con su hija, sentados en una mesa camilla despachaban las localidades al público.

Esquina con la Bodeguilla ha estado hasta hace poco la Casa Consistorial y el cuartelillo de la Guardia Urbana. Con Calín (¿se llamaba así?), de Jefe y unos pocos guardias mantenían el orden entonces. Recuerdo con gran respeto y cariño al Tío Dientes, el Ribotero y al bueno de Sabino.

Adosada  la pared del cuartelillo estaba la carnecería de Paulino Horno, donde la calidad de sus productos era norma de la casa. Sobre todo, el jamón.

En la puerta de al lado se encontraba la imprenta de Guillén, que más tarde fue la guarnicionería Lasheras. Y a continuación, la entrada de mercancías de Almacenes Bardají. Este establecimiento tenía ascensor, y de chavales, cuando nuestra madre iba a comprar, mi hermano y yo, acompañados por Ángel Navarro, Serrate o Nicasio nos daban un paseo en dicho aparato. Si los Almacenes Bardají eran importantes, no lo eran menos los Almacenes Lasala sitos en el rincón de la plaza. Ambos dedicados al negocio de tejidos. Entre sus empleados recuerdo a Mariano Pérez y a Mariano Antón que tantas veces nos hicieron reír en las funciones de teatro aficionado y otro muy famoso Paco Pe, colaborador de cuantos actos religiosos se celebraba. Bien vestido o con hábitos propios del acto siempre con su voz de bajo, colaboraba al desarrollo del acto religioso.

En la esquina contigua Almacenes Montuenga, con D. Luis el dueño, siempre erguido y serio. En la caja, su hermana Asunción. Seria también. También comerciaban en tejidos.

Vecino de Montuenga, había un NOVENTA Y CINCO. Establecimiento de precio único (0,95 pesetas) iguales que los actuales de TODO A 100. Rayano al 95 se ubicaba la botería de la Viuda de Teodoro Andrés, su mujer trabajadora en extremo, sacó el negocio adelante. Siendo sustituida por su hijo Teodoro (Dorin para los amigos) gran persona, estudioso y que podía haber desarrollado cualquier carrera.

Haciendo pared con la botería otra pescadería EL CANTÁBRICO y junto a ella, la confitería de mi tío Pepe. En su trastienda en invierno y en la acera de la plaza, en verano, existía una tertulia presidida por mi tía Lola, hermano de mi tío y de mi padre, como es lógico, donde cada día se comentaba la actualidad bilbilitana. Entre las habituales contertulias: Dña. Concha Marco y su hija Conchita; Dña. Jovita, viuda de Saldaña; Dña. María Lasala y su hija Conchita; y algunas veces Dña. Pepa Monreal, viuda de Esteve. Otras veces, muchas, eran presididas por Mosén Bruno Muñoz, canónigo de Santa María.

Toda esta familia se movilizaba para ir a casa cinco minutos antes de las nueve, hora en que la Viuda de Policarpo Esteban, Dña. Angélica, machacaba el ajo y el perejil que junto con el aceite crudo ponía en las patatas a las nueve menos cinco. Al estar las paredes colindantes, el ruido del almirez les avisaba. Los Esteban negociaban en pieles.

Este aviso del almirez no podían escucharlo en casa de D. Valero Bernal cuya pared lindante a la de los Esteban quedaba lejos de la cocina de éstos. D. Valero tenía el negocio de mercería, pero principalmente la Administración de Loterías. Para el sorteo de Navidad siempre ponía la radio encima del mostrador e iba dando pormenores del sorteo a todo aquel que se interesaba. Le sucedió su hijo Manolo. Gran amigo de mi tío Pepe, no había aventura buena o mala que no fuesen juntos. En la fotografía de cómo se divertían los bilbilitanos que aparece en el libro CALATAYUD ESTRENA SIGLO, el montado en el burro es Manolo Bernal y los otros, mi tío Pepe, Ubiergo y Larripa.

Por último, quedaba entre casa de Bernal y la casa de D. Carlos, otra botería que posteriormente se convirtió en LA SALMANTINA dedicada a tocinería.

Ha llegado el fin. Seguro que he olvidado muchas cosas. No he nombrado a muchos y en mi recuerdo quedan todos aquellos que habitaban las viviendas que con muchos compartí juegos y estudios; para todos mi cariñoso recuerdo y la añoranza de aquellos tiempos. Para los que se fueron, m oración. Si para algunos les sirve de recuerdo, lo celebro. Y si a otros les sirve para conocer un poco nuestro CALATAYUD, también.

Manuel Micheto Lasheras

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