Pastelería Confitería Micheto

Desde 1770 endulzando paladares exigentes

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Publicado en el Heraldo de Aragón - 6 de septiembre de 1980.

 

Manuel Micheto Lasheras

 

Bizcochos y Adoquines

Me ha obligado a escribir estas notas la conversación mantenida hace pocos días con un amigo en la que me ponderaba las excelencias de la confitería bilbilitana y la cantidad de establecimientos dedicados a endulzar la vida a las gentes de nuestro pueblo.

Si alguien quiere tenerme contento en esta vida, con hablarme de CALATAYUD tiene bastante. El paso de los años me va acercando, cada día más, a aquellos recuerdos de mi infancia y juventud. Y aunque alguno me cuesta recordarlos, procuro fijar todo lo que puedo mi memoria, y si, además alguien se interesa por ellos, sea quien sea, comienzo a enrollarme, como se dice ahora, hasta contar el mínimo detalle.

Por eso, cuando este amigo hablaba de pasteles, bizcochos, etc., me faltó tiempo para narrarle de "pe a pa" todo lo que sabía sobre ello. Por algo nací rodeado de todas estas golosinas.

Inicié el relato con la historia de mi casa, seguida después del resto de las confiterías que yo recordaba. Le hablé de cuando un pastel de los grandes valía treinta céntimos. Que tiempos. Eran los años 35 al 38.

Existían por entonces unas diez confiterías, amén de algunas tiendas que más bien se dedicaban a lo que pudiéramos llamar chucherías. Los que vendían el pirulí, el regaliz y cosas de este tipo. Muy popular era entonces una situada detrás del Colegio de los Hermanos Maristas. La llamábamos "tía Pirraña", creo que era el apodo del esposo, pues a la familia del hermano, primer delegado en CALATAYUD de la Organización Nacional de Ciegos y fabricante de escobas en la calle de Herrer y Marco, se le conocía por el mismo "mote". Según me contó mi buen amigo Ramón Bendicho, Pirri, el famoso jugador del Real Madrid, era descendiente de esa familia. No lo sé. Posteriormente, años más tarde, otro buen amigo Agustín Arpa me desmintió tal afirmación pues estando él destinado en Melilla vivía vecino de los Martínez. Recuerdo que la Pirraña se enfadaba fácilmente, y nosotros sabedores de ello, aunque fuéramos a comprarle después, cantábamos: La tía Pirraña la estafadora que vende puros a perra gorda. Tan popular era esta señora que Muñoz Román en sus tiempos de juventud escribió una pieza teatral que llevaba por título: "La tía Pirraña y el cura de San Andrés". He de aclarar que los puros eran de caramelo. Si alguno fumábamos, entonces, eran los cigarrillos de anís o de hoja seca de patata. Los únicos "porros" que conocíamos.

Y puesto que hemos hablado primeramente de la Pirraña, seguiremos la ruta hacia abajo, para así enumerar, no por orden cronológico, sino dando un paseo, al resto de las confiterías.

Bajando por la plaza de San Andrés hacia la calle de Dato, en esta misma calle, encontramos el primer establecimiento, la confitería "La Soriana" llamada así, por ser su dueño, Anastasio Álvaro, nacido en Almazán (Soria). Estaba situada junto a casa Estoduto, el hojalatero, enfrente de aquel gran escaparate de tejidos de Ubiergo y Lacambra, más conocida por Casa Landa. Pocos años después se trasladó más abajo en la misma calle, junto a Epifanio Andrés. Ya no existe.

Un poco más abajo de la primera, girando hacia el mercado, en la calle de D. Vicente de la Fuente, estaba "Casa Mascaray". Era una tienda pequeñita, coquetona, con una mini trastienda. Al jubilarse su dueño lo sustituyó un zaragozano de apellido Roldón. También, desaparecida.

  En la plaza del Mercado estaba el negocio de mi tío Pepe, hombre solterón, simpático y amigo de llamar a las personas por el mote o el apodo que él les ponía. Su debilidad... las mujeres. Menos mi tía Lola, su hermana, que lo tenía a raya y controlado.

Eran las noches de invierno, mi tía reunía en la trastienda un grupo de amigas donde entre "firma y firma" al brasero, repasaban la actualidad bilbilitana y le "cortaban un traje" al más pintado. Algunas veces, las presidía Mosén Bruno Muñoz y todos a una envolví adoquines, o guirlache en Navidad. En verano aprovechaban la gran acera que había en toda la plaza ya allí, delante de la confitería, para formar su corro y no dejar "títere con cabeza".

Detrás de la confitería de mi tío, pared con pared, con entrada por la calle de Dato, estaba la confitería de mi padre. Dio gran prestigio a la confitería bilbilitana y sobre todo al bizcocho de "suela de alpargata", por su semejanza con el piso de ese calzado. Tienda espaciosa, de pino meli todo el maderamen, con escayola en los techos. La pared de detrás del mostrador ocupada por espejos que le daban un aspecto mucho mayor. Había dos sillones de mimbre, comodísimos, que en verano eran trasladados a la acera de enfrente donde se organizaba la tertulia, más bien de paso, pues sólo había un sillón libre. Siendo alcalde D. León Clemente, buen amigo de mi padre, le quiso obligar a bajar los sillones al arroyo; no lo consiguió, eran muchos los años de ocupación. Ya he comentado en otro capítulo este establecimiento de mi padre.

La Bodeguilla, ha sido la calle comercial por excelencia: Es una auténtica "isla de peatones", al decir de los tiempos. Por lo tanto no podían faltar las confiterías. Allí estaban, codo con codo, La Suiza y Manolo Caro. La primera, con un escudo de la nación helvética en la parte superior del escaparate, la regentaba Francisco Rubio, gran repostero y mejor persona, quien más tarde la traspasó a su sobrino Carmelo Sierra, actual propietario.

A Manolo Caro lo recuerdo muy poco en esta tienda, pues enseguida pasó a la Plaza del Fuerte, donde las grandes tormentas se encargaban de "emborrachar" sus pasteles al "bajar la Rúa" e inundar el establecimiento. Más tarde se quedó con la de José María Carnicer y abrió otra en el paseo. A Manolo Caro le debemos, en gran parte, el conocimiento por toda nuestra geografía de las especialidades de la confitería bilbilitana, principalmente las famosas "Frutas de Aragón".

Bajando por la Bodeguilla hacia la plaza de Bardají, en la calle de Marcial, entre la Concordia y la Favorita, hubo una pastelería: El Buen Gusto. Sólo recuerdo un gran bizcocho pintado en la pared que hacía ángulo con la casa de la Favorita.

Ya saliendo de la calle Dato y casi en las llamadas cuatro esquinas, tuvo su establecimiento José María Carnicer, gran cocinero y buena persona. Era una confitería con mucha solera, donde la calidad era indiscutible. Sería imperdonable no dedicar un recuerdo a Manuela, sirvienta de la casa, ejemplo de fidelidad a una familia.

En la plaza de Goya existió hasta hace poco La Moderna. Su dueño, Daniel García, hombre afable, hablador, soltero como sus hermanas Antonia y Goya. Esta última, encargada de la tienda, era tan simpática y popular que hizo pensar a muchos que el nombre de la plaza era en su homenaje y no en el del pintor de Fuendetodos.

Posterior a todas ellas, y mucho más moderna fue la Granja Arias, cuyo propietario, José María Navarro, dio un cariz nuevo a los establecimientos de este tipo con la confitería a la entrada y a continuación la cafetería. También industrializó las especialidades bilbilitanas y patentó con la marca "La Dolores". Queda por enumerar un sola, de la que casi no recuerdo. Ya la conocí vendiendo chucherías, estaba en la calle de las Trancas y le llamaban la "Confitamoscas". Al ir al instituto habíamos entrado a comprar alguna manzana confitada, nos sabían a gloría. Nunca vi, a las moscas en la misma situación.

Mención aparte merecen los dos fabricantes de caramelos. Si no fueron confiteros en sentido amplio, no por eso dejaron de endulzar no sólo a los bilbilitanos sino a todas las comarcas del entorno. Fueron estos zuquereros: Teófilo Larrea y Joaquín Rico.

Quiero por último, rendir un homenaje a tres hombres pioneros en el prestigio de la confitería: José María Carnicer, Manolo Caro y mi padre. Personas , los tres, de grandes virtudes, hombres de bien y amantes del trabajo. Todavía recuerdo los últimos días de Manolo Caro, cuando vino a Barcelona, buscando remedio para su cuerpo (su alma estaba muy sana), y como mi padre, aquí exhalaron el último suspiro. A veces pienso que los dos vinieron de Calatayud y quisieron dejar su último aliento para animar su descendencia en la Ciudad Condal.

Manuel Micheto Lasheras

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