Pastelería Confitería Micheto

Desde 1770 endulzando paladares exigentes

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El noticiero - Ferias 1964

José Galindo Antón

 

"Los de la plaza"

   Eran muchos, pero constituían una unidad dentro del vivir ciudadano. De aquellos que yo conocí, quedan pocos, muy pocos. Otras generaciones los van sucediendo, pero ya la agrupación ha perdido el carácter que tanto impresionó.

   Hablar de la plaza, en el tiempo a que me refiero, años 20 y 30 del actual siglo, no daba lugar a dudas. La plaza, era la del mercado. Momentos finales de "sombras" y mesas móviles en el centro, mientras en los bajos de las casas, se encuentra, casi en exclusiva, el comercio importante de la Ciudad.

   Tres angostas bocas, y una algo más amplia, comunican la plaza con el resto del vecindario. Al cuadrado que los une, abren cada mañana sus balcones los de la plaza. Poco después, quitarán los cierres de sus comercios. La charla entre vecinos, ha comenzado, ellos en el quicio de los patios, ellas de balcón a balcón. O si queréis, asomadas en esa interminable galería que junta a las mismas plantas de todos los edificios.

   Llegan las amas de casa para hacer sus compras. Muchos de los vecinos del mercado ,han abandonado un momento su tienda, para dar una vuelta por los puestos y adquirir lo de su agrado.

   Después, vendrán los forasteros, y de los comercios de tejidos, pasarán por la juguetería, la tienda de vajillas, comprarán su congrio o el papel, y venderán pieles o alguna otra mercancía. Las transacciones continúan durante mañana y tarde, acaso con distinta preferencia del público. Para primera hora, el centro de la plaza; después del mediodía, los comercios protegidos por los soportales.

   Al anochecer, se constituirán las tertulias. Si el tiempo lo permite, en plena acera, si la noche es cruda, en las trastiendas. Las campanadas del reloj del ayuntamiento; van midiendo el transcurrir de ese tiempo. Por si fuese poco, al comenzar su jornada de trabajo, un sereno en cada acceso y el cabo en el centro "cantan" la primera hora, y les dan cuenta del estado atmosférico.

   En las mañanas de fiesta, los paseos por las aceras o hacia otros lugres de la Ciudad, son frecuentes entre los vecinos colindantes. Las casas, relucientes, se abrirán para dejar paso a los balcones en día de procesión. Entonces, amigos y familiares acudíamos desde otros sectores de la Ciudad, para presenciar el acontecimiento.

   Los de la plaza, trabajan y sienten en común. Participan directamente de los azares del vecino. La plaza es algo más que unas casas juntas. Son unas vidas unidas. Por eso ahora, ya no vemos a aquellos del tiempo que os hablo, y cuya lista de nombres vais a permitirme que no haga. Tengo miedo a omitir alguno. La mayor parte de mis lectores, los tenis presentes en la memoria. A ellos, probablemente reunidos en una trastienda de almíbares, con regusto de eternidad, les dedica hoy un recuerdo escrito, su buen amigo.

José Galindo Antón

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